No pasarán

Por David Fernández (Foto: Ferran Forné).

Las pesadillas –las malas y las peores – suelen abolir el tiempo. Todavía bajo el impacto emocional de la ciudad herida, de la hybris de la brutalidad nihilista, de la evidencia de la fragilidad que somos y que a menudo olvidamos, y del fuego cruzado de retrotopías políticas que creen en un pasado fortificado que no volverá, cuesta de escribir. Incluso puede que sea mejor enmudecer solidariamente – un silencio ensordecedor y colectivo, resistente e indomable- para dar apoyo a las víctimas hasta que el dolor dé paso al duelo y podamos retomar, tocados y traumatizados, nuestras vidas compartidas. Hay días de los miserables donde las palabras no encajan, momentos trágicos en los que llueve la certeza que el mundo puede ser un lugar peor y lugares comunes que recuerdan que los refugiados que huyen, y que seguimos sin acoger, huyen precisamente de lo mismo que ayer se huía en la Rambla.

Y si las muertes – las de aquí y las de allí, sin ninguna jerarquía- ya son sobrecogedoramente irreversibles, las hipotéticas consecuencias funestas y nefastas hay que evitarlas de raíz desde hoy mismo. A pesar de la duda como certeza, en sociedades edificadas sobre castillos de arena que se zarandean con un solo golpe: como si todo estuviera construido sobre el aire y una furgoneta lo pudiese echar todo por tierra. Pero con Barcelona dolorida y golpeada, habrá que recordar que las víctimas del fundamentalismo yihadista global son, mayoritariamente, musulmanes. Que el mundo, repleto de violencias cotidianas, estalla cada día en diferentes latitudes, que los zarpazos son ya universales y que necesitamos urgentemente una internacional del dolor. Ayer, 30 muertos en Maiduguri –y niños decapitados en Molai. Hoy, Barcelona. Si erramos el diagnóstico, erraremos la resolución. La Fundación por la Paz nos recordaba ayer mismo la evidencia de que «la violencia, como la paz, no es un hecho aislado ni casual, es un resultado». De todo lo que se ha hecho -y no se ha hecho- antes. De lo que habrá que hacer aún, incesantemente, para revertirlo.

Quien crea que Boko Haram, que la destrucción de Alepo, que el Daesh, que las mujeres libres de Kobane, que los muertos de Niza, que el trío de las Azores, que la postverdad de Trump-Putin-Erdogan, que el 11-M o que Faluya devastada no tienen nada que ver ni están estrechamente interrelacionadas con la globalización del miedo y el terror, con la miseria criminal de la geopolítica y sus amistades peligrosas, con las dictaduras toleradas o amparadas y con la metástasis de las desigualdades, las pobrezas y corrupciones de todas partes tendrá imposible hacer del mundo un lugar común un poco mejor. En el tablero de la perversión, concurre el riesgo que el miedo se salga con la suya y que la islamofobia y la radicalización yihadista se retroalimenten en una terrible espiral de cismogénesis complementaria, que amenaza con romper cohesiones imprescindibles, azuzar segregaciones inaceptables y disparar disparates políticos irracionales.

La fantasía, en política, suele derivar en infierno. Y la condición humana, extremadamente ambigua, es capaz todavía de lo terrible y de lo sublime. No hace falta competir a ver quien es más bestia. En la fragilidad consciente que hoy nos hace paradójicamente más resistentes sabiendo todo lo que podemos perder, es cuando hay que preservar más que nunca lo que todavía tenemos y hemos construido entre todas y todos. En la misma ciudad del Diario de la Paz de 1991, la de las manifestaciones multitudinarias desbordando las calles contra la guerra ilegal que devastara Iraq, en la Barcelona que se sintió Madrid el 11-M, en las avenidas que llenamos en febrero en solidaridad con los refugiados, en los mismos barrios de las trescientas lenguas maternas que definen este país caleidoscópico –plural, complejo, diverso– que vamos siendo. Sin miedo –a pesar del miedo– contra el miedo quiere decir, también, que ayer mismo la solidaridad se desplegaba por abajo: que los taxistas bajaban todas las banderas, que las puertas de cualquier portal se abrían de par en par, que los vecinos drenaban agua contra la jaula del miedo, que cada pintada ultraderechista era borrada con colores, que la justa huelga de Eulen se suspendía, que nos reconocíamos en cada uno de nuestros servicios públicos y que las colas de vida desbordaban hospitales. Juntos, sí. Que es cuando todavía podremos.

No es ningún santo de mi devoción, pero en 1941, sobre las bombas que nos llovieron en 1938, Churchill escribió: «No quiero infravalorar la severidad de la prueba que recae sobre nosotros, pero confío que nuestros conciudadanos serán capaces de resistir como el valiente pueblo de Barcelona». Que así sea, a pesar de que soy ateo, por todos los dioses. A pesar de que ingenuamente (por decirlo entre paréntesis) creyese que los proxenetas del dolor, los doctrinarios apologetas del shock, los aprovechados de los réditos políticos ruines y las grises operaciones mediocres de estado tardasen un poco más en aparecer. También más convencido que ayer que si los políticos han de dimitir cuando toca, algunos periodistas también: no diré ningún nombre, pues el autoretrato de su brutal mediocridad se lo han hecho solos.

Contra la impotencia del sufrimiento evitable que nos oscurece el presente, queda mucho por hacer. Pero si renunciamos -si ya no nos creemos-, si debilitamos -si autoagrietamos-, si desistimos – si ya no defendemos– de que paz, cooperación y justicia son el futuro, eso equivaldría tanto como decir que ellos ya han ganado. Evitémoslo: la internacional del dolor, de la esperanza, a ambas orillas del Mediterráneo, se ha de reconstruir comunitariamente en cada barrio, en cada café y en cada escalera de vecinos. Hoy, más que nunca, nos hemos de sentir, sin fronteras y sin barreras, como un antifascista en Charlottesville, como un musulmán europeo en la banlieu, como un judío del gueto de Varsovia, como un cristiano copto de Egipto, como una mujer kurda alzada en Kobane, como una exiliada siria que no sabe cuando volverá: un mundo donde quepan todos los mundos menos aquellos que niegan los de los demás. En pie, con las heridas abiertas de hoy y las cicatrices que nos quedarán mañana, pero aún en pie. Por más que hagan que no pasan nunca más: ni unos ni otros. Nunca más. En ningún lugar. Contra nadie.

 

Barcelona, viernes 18 de agosto de 2017